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“...Por un no sé qué”

“Por toda la hermosura
Yo nunca me perderé
Sino por un no sé qué
Que se halla por ventura”.
(San Juan de la Cruz)

Ante la obra que llamamos “de arte”, siempre me pregunto y siempre en vano, qué aliento divino -“vital aliento de la madre Venus, céfiro blanco...”- es ese que le confiere la gracia de transcender a lo que sólo es una obra de habilidad manual; y quién se autoriza, aplicando un código que no está escrito, a dictar sentencia y a otorgar mercedes.
Ya sé que hay miradas maestras, dotadas con el don de la clarividencia y sé que hay obras que nacen provistas de esta credencial de nobleza, tan evidente que no dejan una grieta para la discrepancia. También sé que el tiempo es buen sancionador para eso de poner a cada uno en su sitio, pero esta ley incluye a la obra recién hecha, amén de que se registran perturbaciones por el capricho de la moda que a veces le gusta vestirse con ropa usada. Y, en fin, sé (que por saber no puede) cómo ese atributo de calidad suprema está hoy en manos, manipuladoras algunas, del comercio del arte, que va a lo suyo con todo derecho, favorecido por un snobismo de ocasión y por esa comodidad que ofrece el “prèt à porter” que algunos usan para vestir su criterio.

Ante esa pintura que Jorge Ludueña tiene la generosidad de ofrecerme a mí ya mermando juicio de estimación, es sentido la necesidad de formularme de nuevo a estas preguntas para decir, desde un principio, que hasta no acertar a responderlas, me guío en este inefable oficio de juzgar el arte, por ese “un no sé qué” de Juan de la Cruz, el más inefable critico de su propia alma.

Jorge Ludueña junto a su perra Mimos.

Con ese módulo de valoración entro a considerar la pintura que me ofrece Ludueña. Se me adelanta en este juicio una evidencia: la de que basta mirar, incluso de lejos, uno cualquiera de estos cuadros para saber que es “un Ludueña”. Tan determinante es la singularidad de este pintor, que comete una redundancia al firmar sus cuadros. Y una vez hecha esta aclaración de personalidad como fuiste de la gran variedad de motivaciones que asume su obra, tan rica en ofertas a la contemplación, debo confesar la estimulante inquietud que esta pintura me produce. Tengo la sospecha de que no pretende sólo ser mirada, sino mirar ella también. Nos llama y nos detiene a la vez como guardando la distancia justa para mirar y ser vista; no atrae a esa ceremonia del encanto que es propio del arte, pero no le permite a nuestra mirada que se toma un exceso de confianza. Nos dice que ha sido creada en la conjugación de un entendimiento diáfano de la pintura y una misteriosa sensibilidad que no sabe aún dónde esconderse sin renunciar al trato con la realidad. Y sobre todo nos dice que tiene plenos poderes para hacerlo todo, menos para dejar de ser pintura en serio.

Aquí no hay fantasmagoría no trampantojo literario. El pintor ha tomado de su mano un trozo de la realidad nuestra de cada día

Porque esta obra respetable y seductora, que es apta para habitar el sueño a preferido humanizarse en el trato con la realidad. Es cierto que de su paso, a paso ligero de juventud, por el surrealismo, a la pintura de Ludueña se le quedó prendida una hebra de ironía oriental, como hilo de Ariadna para hallar la salida del laberinto surrealista; y que esa ironía todavía estremece a este realismo suyo tan contundente y podría confundir a quienes se aplican a clasificarlo. Pero la contribución de una leve sonrisa a obra tan bien edificada no es perturbación sino aliciente de miel sobre hojuelas para el realismo todo poderoso que pinta Jorge Ludueña. Aquí no hay fantasmagoría no trampantojo literario. El pintor ha tomado de su mano un trozo de la realidad nuestra de cada día -unas gentes, unas frutas, unos paisajes- y se lo ha llevado, sin asomo de lucubración alguna a la fragua incandescente de su alquimia de pintor para devolvérselo luego a la vida, envuelto en una luz cobriza que lo baña de eternidad y le confiere a las imágenes esa cálida delicia de la templanza que solo se alcanza en los otoños.

Es su modo de dejar fijado para siempre el cuerpo enjuto de una realidad que conserva latente su ánima.

Para ello, el pintor a renunciado a esos derroches de sensualidad que domina la superficie de tanta pintura sin energía para llevarnos más adentro. Estas frutas que aquí nos ofrecen no pretender hacernos la boca agua sino hacer perdurable su presencia en nuestra mirada. Aquí las imágenes no se embriagan pero tampoco renuncian a darle a la belleza todo lo que le pertenece: armonía de formas, sabia composición, autoridad en el dibujo que sabe siempre por donde va y animo alegre de color que se entusiasma cuando debe pero nunca delira. Nada fortuito veo en esta obra, curada ya de espantos y ajena a todos esos ripios que hoy aturden al arte. La realidad se afianza en ella con una personal encarnación que la hace diferente a otra, pero liberada de lucubraciones sorprendentes.

Ahora el pintor se satisface a consumar en esta exposición un viejo propósito de incorporar a su pintura, tan severa consigo mismo, unos volúmenes modelados en madera con mano maestra de artesano. Quería saber él si su pintura era capaz de asumir esta licencia, que ya conoció el Renacimiento italiano, para hacer suyo un cuerpo extraño al lienzo y que ocupa presencia relevante en el espacio. Es como adoptar a un niño y hacerle olvidar con el amoroso tratamiento, que ha nacido en otra casa. Es evidente que el pintor no trata de aliviarse con la participación real de esos relieves ni hacer un juego de prestidigitación para tomar de prestado algo de que carece. En la obra de Ludueña no hay carestías. Su acierto al convertir en pintura esos cuerpos y hacer que no se sientan ajenos a ella y puedan ser bautizados con su mismo nombre de pintor, es ganar un nuevo gesto para el arte. No intentaré explicármelo aludiendo a las razones de ser arte, ni a sus licencias de imaginación, ni mucho menos, a los escorzos de la metafísica que puedan asistirle. Para reconocer en la obra de Jorge Ludueña la presencia cabal del arte de la pintura me vasta de guía de ese “por un no sé qué” de Juan de la Cruz.

*Periodista, escritor y crítico de literatura y arte. En referencia a la muestra realizada por Jorge Ludueña en Galería Alfama (Madrid- España) durante los meses de marzo y abril de 1995.(Madrid, España)
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