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Lo íntimo es universal

Lo universal, ese componente expansivo del arte, ansiado, buscado por los artistas, se oculta sabiamente en lo más secreto de la intimidad, en ese lugar tranquilo y calmo, donde el hombre reposa su humanidad, donde toma fuerzas de sí mismo, de sus minutos cotidianos, de los acontecimientos que albergan, de las palabras que no parecen llevar consigo un contenido extraordinario.

En ese rincón, ignorado por la prisa, es donde tiene lugar la transformación de lo íntimo, de lo particular, en lo universal. Para que esta mutación se realice es necesario el calor que despide el corazón del hombre, el calor fundamental, definitivo, de la ternura. Calor de felicidad, constantemente engendrado por el amor al vivir y a los seres todos que forman el paisaje del mundo.

Quien descubre la formula ha salvado su vida, porque, indefectiblemente va difundir su descubrimiento en su estar, en su trabajo, en sus gestos más elementales; va a revelar su sabor a otros ojos, va a animar la inercia de los inertes, quienes propagaran después el acontecimiento en cada uno de sus actos posteriores, en sus existencias, dando fruto en la estación oportuna.

Jorge Ludueña junto al pintor español Juan Galea Barjola frente al Museo del Prado en Madrid.

La reconocida en su pintura, la universalidad; no podía ser de otro modo. Era completar la frase inacabada, comunicadora, con las imágenes. Jorge Ludueña me mostraba sus pinturas, las pasaba, las hacia desfilar ante mí unos momentos: la mesa abarcadora, redonda, encerrando en su abrazo objetos: la tecla inocente de su vestido, flores, manzanas, ciruelas, membrillos; también los personajes burlones, de relato o cuento familiar, de historias venidas de otras bocas extrañarles, cargados de humanidad, caracterizado tanto por su gesto valiente como su traje. Y el personaje traumático y salvador por excelencia, con su humana desnudez, con su volteada humanidad corporal enmaderada y sujeta por el madero.

Jorge Ludueña me mostraba sus pinturas, las pasaba, las hacia desfilar ante mí unos momentos: la mesa abarcadora, redonda, encerrando en su abrazo objetos: la tecla inocente de su vestido, flores, manzanas, ciruelas, membrillos; también los personajes burlones, de relato o cuento familiar, de historias venidas de otras bocas extrañarles, cargados de humanidad, caracterizado tanto por su gesto valiente como su traje.

El conjunto de las pinturas de Jorge Ludueña aparecía trabajado pacientemente, morosamente compuesto plano a plano. Mucho tiempo personal se había quedado prendido en ellas. Las formas, el color así lo declaraban. Y lo más importante de todo: la comunicación entre sus pinturas y yo mismo, se establecía de forma inmediata, con el único esfuerzo de la mirada, sin complicación mental alguna; como un apretón de manos o un abrazo amistoso.

Y esto era posible porque sus pinturas entablaban una dialéctica múltiple entre lo que habla el mundo exterior, el pintor, su trabajo, el cuadro y yo como espectador interesado. Era como recorrer un camino de ida y vuelta, sin extravió posible, camino de cuarto de estar iluminado por una simple bombilla, camino que se asoma por la ventana al paisaje para luego volver a sentar su cansancio en una silla cualquiera. Y con tanto ir y volver se convierte en un espacio humano, humanísimo.

Estos descubrimientos, estas sensaciones, son lo que puedo ofrecer a Jorge Ludueña, como buen desconocedor que conoce por primera vez una pintura última, que se encuentra con ella sin saber su dirección, y poco a poco va gustándola, entrando en esa expansión de lo universal, de lo que a cualquiera de nosotros nos vale para ver, que, evidentemente, contiene y muestra.

*Crítico de Arte español
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