No es fácil pintar el tiempo. El tiempo que se desliza sobre las cosas, que corroe la materia, que santigua los rostros.
No es fácil pintar el tiempo que es sinónimo de memoria, de nostalgias, de símbolos interiores para que la mirada desentrañe...
Rembrandt lo captó en la sabiduría silenciosa de su madre, en el juego trastocado de sus autorretratos, en la tempestuosa Crucifixión de Munich.
Memling lo descubrió en el seráfico encanto de sus criaturas, en el martirio de las once mil vírgenes, en la mística de sus Edenes.
Turner lo retuvo para sus pinceladas en la ilusión de la atmosfera que contiene y da forma de paisaje, en las tempestades de nieva y en los
incendios de palacios. Tapies supo de él en lo mineral de la materia, en el otro lado de lo informe, en el gesto que desnuda y da cuerpo.
Sin proponérselo, quizá inadvertidamente, quizá por consecuencia de toda una evolución conceptiva, Jorge Ludueña pinta el tiempo.
No las cronologías posibles, ni los espacios entre una edad y otra, sino ese tiempo inasible y circunstancial que toca a las formas en su
intimidad, que ahueca el silencio, que decolora y vuelve y a recolorar las superficies, que da una extraña antigüedad a ciertos ordenes cotidianos.
Lo hace con elegancia y a la vez con limpieza de recursos. Sea su plano barroco en la estructuración o demás simple y formal arquitectura,
el tiempo lo penetra. No es esta una ley ni una consecuencia en su trabajo; más bien -y de ahí lo importante- es simplemente una derivación de
Sin proponérselo, quizá inadvertidamente, quizá por consecuencia de toda una evolución conceptiva, Jorge Ludueña pinta el tiempo.
lenguaje, un enriquecimiento sensorial y sensitivo de su materia, una sedimentación de valores. ¡En qué medida esto se trasunta y vitaliza
extrañamente a su plano! Porque una composición de interior de Ludueña, no se limita solo al juego integrador de unas frutas sobre una mesa,
con un paño o sin paño, sino que es el desarrollo de todo un trasfondo formal (si se quiere, alegórico), que líneas y ritmos, fuerzas y planos,
masas tonales y sugerencias hápticas, van recomponiendo una idea de espacio, una ilusión, una carga perceptual ligada por asociaciones.
En ellas, en esas asociaciones que parten genuinamente de lo matérico, esta su tiempo.
Jorge Ludueña junto al pintor Laxeiro en su estudio de Vigo, España.
Un tiempo que Ludueña maneja con sabiduría, con rara ductilidad. De a ratos, está convencido en el artificio de paños que cubren una figura
descarnada, casi inexistente; en el vuelo fantástico de esas teclas por el aire; en cierta vibración mágica de colores vibrantes que se
ensamblan a los ensordinados (1986-1987). De a ratos, es el trasmundo inmenso rial de los bodegones -con jarras, con flores, con violines-
el que contiene un tiempo detenido, indescifrable (1988-1990). O la irrupción de esas figuras enigmáticas, corroídas por dentro y por fuera,
suspendidas en sus propias inmanencias (1983-1986). Que están más allá de su misma historia...
Por sobre cada tema, el latido, la vibración, el susurro y alguna vez el grito. Como en esas crucifixiones patéticas, fuera de toda memoria.
O esos personajes extraídos del recuerdo -pintores, músicos, pastores- entre arcaizantes veladuras y atmosferas que cubren y descubren sus siluetas... En cada uno el tiempo como constante, como diapasón, como componente sonoro. El tiempo como eje sustantivo de lo sensorial. El tiempo como energía plástica, como valor. El tiempo como puntual expresivo.
