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El dolor de pintar

Pintar es algo más que reflejar con rigurosa exactitud la aparente realidad que nos rodea, y es algo mas también, que el juego puramente esteticista y decorativo, de recrear sobre el lienzo una realidad pictórica, desarraigada de todo compromiso, y nacida de una autocomplacencia narcisista sin otra intencionalidad discutible. En las amplias estelas de esos dos conceptos pictóricos se agolpan y se amontonan, con absoluta falta de exigencia ética y estética, figurativismos trasnochados y experimentaciones de los años veinte. La angustiosa soledad del hombre, la crispación social que nos rodea, el desengaño político, la duda religiosa, el miedo, el dolor y la frágil esperanza de una vida más justa y más digna, no pueden reflejarse ni en el escapismo experimental ni en el complaciente aburguesamiento de un realismo objetivo, que refleja con la misma indiferente pincelada la miseria y la riqueza existentes.

El compromiso intelectual que eleva al artista sobre el artesano, la pasión que convierte en arte el oficio, la intencionalidad subjetiva que obliga al pintor a tomar partido entre la satisfacción y el inconformismo están ausentes de una gran parte de la pintura contemporánea, sometida dócilmente a las reglas del mercado mientras intenta sostener, con penosas complicidades, una apariencia de rebeldía de salón.

Afortunadamente para él- y para nosotros- Jorge Ludueña no pertenece a ninguno de esos dos numerosos grupos, tan radicalmente opuestos en la forma y tan parecidos en el fondo. Ludueña es un pintor independiente, riguroso, dolorido y sarcástico, capaz de la crueldad y la ternura. Un pintos comprometido con su tiempo y con la vida a la que ama con las misma fuerza con que la fustiga, en un difícil equilibrio entre la violencia y el amor.

Jorge Ludueña junto a Mario Antolìn Paz y Antonio Mingote, Galeria Alfama de Madrid.

En el amplio panorama del quehacer artístico español este pintor argentino, unido siempre a la tierra que le vio nacer, ocupa un lugar destacado por sus propios méritos personales y artísticos. Su obra de marcada personalidad, reinventa la vida, la recrea sobre el lienzo con una expresividad desgarrada que en unas ocasiones nos sobrecoge y en otras nos hace sonreír. Surge sobre el lienzo personajes esperpénticos que parecen arrancados de las páginas de don Ramón María del Valle- Inclán. Ambiciones rotas, seres fracasados, guapos de ayer, mujeres olvidadas, borrachos, jugadores... Un mundo variopinto, urbano, confuso y olvidado que el artista rescata desde el fondo del tiempo, para poder gritarnos que esos seres existen, deformados y absurdos, como viejos muñecos de un trágico teatro de guiñol. El juego de los planos, la línea del dibujo, el cromatismo austero y calculado se ponen al servicio del poeta que el pintor lleva dentro. Con los colores fríos amordaza su ira, el muro del dibujo contiene su pasión y la armonía del espacio pictórico logra que las raíces de sus sueños se claven en el lienzo y entreabran las cortinas del misterio.

En sus obras "corpóreas", el pintor combina el color y el relieve en una aportación creadora sonriente y vital. Bajo la aparente espontaneidad de ese ``invento artesano``, se ocultan horas y horas de cálculo y trabajo, de ensayos y de pruebas, de pulso y de equilibrio hasta encerrar la idea en el cauce medido de los catorce versos de un soneto.

Jorge Ludueña nos lanza en cada cuadro una pregunta. Son interrogaciones abiertas que nos gritan sus dudas. Todo está allí estremecido, cuestionado, hecho sombra y presencia a la vez. El sexo, la vejez, la niñez, la esperanza, la injusticia, el dolor, el recuerdo... Pintor sin dogmatismos, sin trascendencias, carente de disfraz y de careta, nos ofrece su obra, hermosamente amarga, con la misma elegancia con la que nos invita a brindar por la vida, y, quizás, por la muerte.

*Periodista y crítico de arte español.
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